En 1981, Chile hizo algo radical: reemplazó su sistema público de reparto por uno de cuentas individuales obligatorias administradas por empresas privadas llamadas AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones). Fue el primer país del mundo en hacerlo, y su modelo influyó directamente en la reforma mexicana de 1997.

Cómo funciona

Cada trabajador aporta un porcentaje de su salario a una cuenta individual administrada por la AFP de su elección. El dinero se invierte en multifondos —desde el más conservador hasta el más agresivo— y al jubilarse, el saldo acumulado financia la pensión, ya sea mediante retiro programado o renta vitalicia contratada con una aseguradora.

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La idea fundacional

El sistema chileno se construyó sobre una premisa: vincular directamente lo que cada persona ahorra con lo que recibe, eliminando la dependencia del Estado y del equilibrio demográfico. Es la esencia de la capitalización.

Qué funcionó y qué no

El modelo chileno generó mercados de capital profundos y un ahorro nacional considerable. Sin embargo, con el tiempo aparecieron problemas que generaron descontento social:

Las reformas posteriores

Ante esas críticas, Chile introdujo un Pilar Solidario (2008) para complementar las pensiones más bajas con recursos del Estado, y en años recientes ha debatido reformas más profundas para mejorar la suficiencia, incluyendo una Pensión Garantizada Universal y cambios en la cotización y su administración.

Las lecciones para México

El caso chileno es un espejo del sistema de AFORE mexicano, porque comparten el ADN de la capitalización individual. Sus enseñanzas son claras:

Conclusión: Chile demostró tanto el potencial como los límites de la capitalización pura. México aprendió de ambos: conserva las AFORE, pero refuerza la aportación y la red de protección social.